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¿Qué hacer en Rajastán? Paraíso de lugares ocultos y tierra de marajás

Por: Revista Bleu&Blanc

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Jaipur, una ciudad con más de 3 millones de habitantes, es la capital del estado más extenso de la India. A la grandeza política y social del lugar, se suma también el glamour turístico. La Ciudad Rosa es el destino más visitado de Rajastán y uno de los más codiciados del país. ¿Las razones? Una combinación de factores que incluye accesibilidad, infraestructura y, sobre todo, derroches.

que hacer en rajastan especial

Texto y fotos Marck Gutt @don.viajes

Si bien la ciudad presume tradición textil, delicias culinarias y muchísimo folclor, su fama es resultado de una colección de palacios que no conocen los límites ni la modestia. Después de todo, Rajastán significa «tierra de reyes». Y cuando se trata de consumar caprichos majestuosos, esta tierra hace justicia de sobra a su nombre.

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Residencias reales transformadas en hoteles de lujo, palacetes con miles de ventanas labradas a mano y fuertes flotantes que se iluminan con la noche protagonizan las postales más icónicas de Jaipur. Sin duda, el legado de los marajás basta para impresionar a las visitas. Sin embargo, los encantos de Rajastán no son exclusivos de la realeza ni las joyas de la corona sus tesoros mejor guardados.

A cambio de sacrificar las comodidades urbanas y los aires de grandeza, la región central de Rajastán revela sus parajes menos explorados. Aldeas de callejones enredados, lagunas tapizadas de flamencos, templos con fama de salados y baños con propiedades divinas son algunos de los secretos camuflados en las carreteras que escapan a los circuitos tradicionales de Jaipur.

Es cierto que los indios tienen problemas para determinar si es la bicicleta, la vaca o la carreta, la que no corresponde al campo semántico de la vialidad. Y sí, también es cierto que en donde vemos dos carriles los locales ven cuando menos seis o siete. Inexplicablemente, las carreteras funcionan. Y no solo eso, sino que conducen a las arterias más profundas del corazón de Rajastán.

Fuerte postal

Por su cercanía con la ciudad, los folletos y las páginas de internet se toman la libertad de situar al Fuerte Amer en Jaipur. Y por lo mismo, las visitas urbanas inundan este complejo ubicado 10 kilómetros hacia el norte, en la localidad que le da su nombre.

El palacio de Amer, construido entre los siglos XVI y XVIII, descansa al interior de un fuerte que le antecede. Y es sólo gracias a sus proporciones épicas que las visitas pueden recorrerlo sin desfilar, tal como sucede en los grandes palacios indios, como ovejas al matadero.

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Por fuera, la muralla monumental del fuerte posa para fotografías en compañía del lago Maota. Por dentro, la inmensidad del complejo se revela como recompensa por sortear su estructura laberíntica. Salones de espejos, puertas colmadas de frescos y jardines de temporada son algunos de los espacios que dan vida y color a la estructura de mármol y arenisca.

Todos los días, desde que abre sus puertas hasta que se pone el sol, el Fuerte Amer es concurrido por locales, extranjeros, cotorras de Kramer y monos expertos en el arte de hurtar. Al atardecer, en especial, el complejo se consagra como uno de los escenarios más fotogénicos de Rajastán.

Eso sí, de los días de gloria del reinado rajput quedan sólo recuerdos. Actualmente, junto con su título de patrimonio cultural de la UNESCO, el Palacio Amer tiene más de turístico que de majestuoso. Donde alguna vez se tomaron decisiones dignas de reyes, hoy se encuentra la real tienda de baratijas y la real cafetería franquiciataria.

Húmeda creación

El pequeño pueblo de Pushkar, con poco más de 20,000 habitantes, se encuentra 150 kilómetros al suroeste de Jaipur. No se trata, en absoluto, de la población más numerosa del distrito de Ajmer. Sin embargo, es uno de sus principales atractivos turísticos. La culpa, sin duda, es de un lago que no necesita dimensiones ni belleza memorables para llamar la atención.

Montañas, garzas y langures grises, una especie de primates del Indostán, vigilan el lago Pushkar. Para las visitas locales, que se dan cita por millares, nada de eso importa. De acuerdo con la tradición hindú, Pushkar es un lugar sagrado. Y no en honor a cualquier deidad, sino a Brahma, el dios creador.

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El lago Pushkar, rodeado de templos y accesos escalonados, protagoniza una de las peregrinaciones más emblemáticas de India. En los meses de octubre y noviembre, los fieles visitan el pueblo para conseguir, entre el tumulto, un espacio cerca del agua. El resto del año, con relativa calma, el lago comparte su divinidad con rituales que contemplan desde baños sagrados hasta lavado de ropa.

A media cuadra del lago, Pushkar pierde de vista su atractivo para convertirse en cualquier pueblo caótico de la región. Bueno, casi cualquiera. Brahma, que en una pelea demoníaca utilizó una flor de loto de la que cayó el pétalo que originó el lago, tiene en este pueblo uno de pocos templos en su honor. Por lo demás, las calles de Pushkar son un mercado improvisado donde las vacas y el comino se encuentran antes que los compañeros de viaje.

Resplandor natural

El lago de Sambhar se encuentra 75 kilómetros al oeste de Jaipur. Y es, sobre todas las cosas, un misterio. Primero, porque nadie parece conocerlo. Ni siquiera los habitantes de la capital que pueden llegar en hora y media de viaje en coche. Segundo, porque su nombre tiene mucho de incierto. Si bien cuando llueve el lugar se inunda, Sambhar es un salar que de lago tiene poco tirándole a nada.

Apenas conocido en circuitos culinarios por su producción de sal artesanal, Sambhar es un mundo desconocido donde conviven oasis transformados en templos, pueblos que nunca han visto turistas y ciervos para los que el español no tiene nombre. En ausencia de señalización, llegar es complicado. La odisea, sin embargo, promete experiencias excepcionales que escapan a los itinerarios de cajón.

Culturalmente hablando, Sambhar es una tierra rural de aldeas pequeñas y trabajadores salados. Huertos de autoconsumo, villas donde todos se conocen y montones de sal apilada forman parte de la cotidianidad local. El paisaje, con sus bemoles, es más o menos igual alrededor del falso lago. Solamente una plasta de verdor, en el corazón del salar más grande de India, sale de la norma. Se trata del templo Shakambari, un oasis religioso y natural que celebran ardillas, aves y devotos por igual.

En términos de naturaleza, el hallazgo es todavía más asombroso. Los espejos de agua de Sambhar, así como los matorrales contiguos, ofrecen un safari donde conviven pavos reales silvestres, toros azules y víboras con cara de pocos amigos. Aunque se pueden ver antílopes y reptiles, la riqueza animal de Sambhar es sobre todo pajarera. No se necesita mucha suerte para ver las plumas verdes de los abejarucos esmeraldas ni los copetes de las abubillas. En estas tierras, sin embargo, el rey es el flamenco.

Durante el invierno, cuando el salar tiene agua, los espejos de agua se convierten en tapices donde conviven flamencos comunes y enanos. Entonces, el blanco impecable de Sambhar se pinta de rosa y los atardeceres ofrecen los espectáculos más grandiosos de la región. Nubes con delirios narcisistas, cielos teñidos de morado y miles de pájaros sobrevolando el terreno son demasiado pedir. Incluso para los marajás, que no conocían límites.

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